Diferenciar entre la práctica clínica de la psicología y la neuropsicología desde siempre ha supuesto, en cierta medida, cierta dificultad y confusión, principalmente para las familias, y también para algunos profesionales. La psicología siempre lo ha abordado «todo»: cuadros conductuales, emocionales, afectivos, y también, cognitivos. Los primeros sí están englobados dentro de sus competencias clínicas pero los cuadros cognitivos, no se deberían de incluir en dicha especialidad. Cuando desde la psicología hacer un diagnóstico del neurodesarrollo o una valoración «cognitiva», por lo general nos encontramos dos tipos de valoraciones: una valoración en la que simplemente se administra una única batería [habitualmente el WPPSI o el WISC] o una valoración en la cual, además de administrarse una batería «principal» [habitualmente también el WPPSI o el WISC], se complementa con alguna prueba más específica [ENFEN, FCR, etc.]. En ninguno de los dos casos se puede considerar bajo ningún concepto que eso sea una exploración neurocognitiva. Y no es porque estas pruebas no sean utilizadas también desde neuropsicología, sino por algo mucho más simple [y complejo a la vez]: saber explorar neurocognitivamente e interpretar, no ya los resultados, sino la ejecución de las pruebas. Es muy común encontrar en informes «reglas de tres», es decir: como en esta prueba ha sacado un percentil bajo, y «mide» atención, la atención está afectada en un grado «X». O como esta prueba es de razonamiento-lógico y ha sacado un percentil bajo, ídem. Y eso es extrapolable a cualquier prueba en la que se presupone que «valora» su respectiva función [lo cual tampoco funciona así]. Es por ello que sólo se realiza la exploración cuantitativa, y como he explicado antes, en muchos casos no se hace de la forma adecuada. Pero lo que está ausente en la mayoría de informes/valoraciones realizadas desde la psicología, es la exploración cualitativa. Y cuando me refiero a cualitativa no me refiero exclusivamente a la interpretación de la ejecución de las tareas, sino a la exploración de otras funciones que, en muchos casos, no presentan pruebas baremadas o estandarizadas [aunque algunas de ellas sí]. Y la exploración de estas otras funciones que, en muchas ocasiones se «olvidan», es donde a veces está la diferenciación de que sea un cuadro del neurodesarrollo, otro o ninguno.

Esto que explico que sucede cuando desde la psicología se abordan cuadros que debería de hacerse desde la neuropsicología, también ocurre a la inversa. También he observado profesionales de la neuropsicología que atienden cuadros conductuales, emocionales y/o afectivos, y mi opinión es la misma: no tenemos la formación necesaria ni adecuada para hacer una correcta exploración y diagnóstico de estos cuadros.

Por ello, considero fundamental que cada profesional atienda a cuadros cuya sintomatología esté incluida dentro de sus competencias y derivemos a la especialidad correspondiente aquellos otros cuando la situación lo requiera. Ya que es sólo así, cuando estaremos siendo honestos con el paciente y lo estaremos ayudando de verdad.

 

José Mª Valderrama
Neuropsicólogo Pediátrico
Nº Col. AN08272